Martín Mackey: “Se entrena como profesional, pero se vive como amateur”
- Sergio Gómez
- hace 23 horas
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El ex preparador físico de los Pumas advierte sobre los excesos en el rugby de clubes.

Desde que se sembró el gen del profesionalismo en el rugby argentino, la superposición con el amateurismo resultó ineludible. El éxodo de jugadores a una temprana edad, el debilitamiento de los clubes, las tensiones y conflictos entre los clubes y las uniones provinciales con la UAR, y la degradación y hasta desaparición de torneos locales (incluidos el Nacional de Clubes y el Argentino de Uniones), fueron algunos de los efectos colaterales de la medida que permitió, hace 16 años, que haya jugadores rentados en el país. Ahora, el ex preparador físico de los Pumas, Martín Mackey advirtió sobre una nueva secuela que, afirma, está minando al rugby de clubes: el exceso de entrenamiento, que amenaza con “colapsar el sistema”.
La reflexión, publicada en su cuenta de Instagram @martinmackeyok y rápidamente viralizada en el mundo virtual y en el boca a boca del rugby, advierte sobre la negligencia que implica llevar prácticas del profesionalismo al nivel amateur. “Entrenan como o más que los Pumas… y descansan menos”, afirma. “El rugby de clubes nació para formar personas [...], no para replicar al profesionalismo. Basta.”
Mackey recibe a LA NACION a la vera de la cancha 1 “Thomas S. Fogg” del Jockey Club de Rosario, que se convirtió en su nuevo ámbito. Mackey integra el panel de entrenadores de la primera división, bicampeona del Torneo Regional del Litoral, además de ser Director Deportivo de la institución. “Vengo advirtiendo hace tiempo una confusión peligrosa: se entrena como profesional, pero se vive como amateur”, dice al justificar su posteo. “El disparador fue ver chicos y entrenadores agotados, sin muchas ganas, con lesiones repetidas, poca energía y cada vez menos disfrute. Ahí sentí que había que decirlo: más entrenamiento no siempre es más rendimiento; muchas veces es más desgaste.”
Su paso por la UAR, donde también fue director del Plan de Alto Rendimiento, y otras experiencias en ámbitos profesionales como director de Divisiones Inferiores de Newell’s Old Boys, director Deportivo de Bahía Basket y asesor pedagógico de Polo University de la AAP, lo invisten de autoridad para hablar del tema, tanto como los cuatro libros de su autoría sobre temas que conjugan la preparación física con la pedagogía.
“Cuando volví al rugby amateur me encontré con exigencias de entrenamiento muy similares en cantidad e intensidad al profesionalismo, pero sin contemplar que los procesos y estrategias de recuperación están completamente alterados”, continúa Mackey.
“Los Pumas juegan un sábado y desde el post partido se activan protocolos inmediatos de recuperación: descanso planificado, nutrición, hidratación, sueño, seguimiento individual y un equipo grande y muy calificado acompañando esos procesos. Además, se utilizan herramientas tecnológicas para controlar cargas. En el amateurismo, eso no solo no sucede, sino que es imposible que suceda. Por la vida misma. Después del partido el jugador sale, se acuesta tarde, muchas veces consume alcohol, que enlentece procesos de recuperación, en la semana se levanta temprano para estudiar, trabajar, o ambas cosas, almuerza como puede, la calidad de hidratación no se mide y se entrena a la hora en que los profesionales se están yendo a dormir. Entonces algo hay que revisar", asegura.
“Yo no tengo la verdad absoluta y está perfecto que haya miradas distintas, pero los procesos biológicos son procesos inalterables, y nuestro cuerpo y nuestra cabeza tienen sus tiempos.”
–¿Qué factores llevaron a esta situación de sobreentrenamiento?
–Son varios factores: la idea de que si no entrenas todos los días no podés competir; la importación de rutinas del alto rendimiento sin el contexto que las sostiene como descanso, nutrición y estrategias de recuperación; la presión por resultados y el miedo a quedarse atrás, y la sobreinformación, como ser el análisis de video, las métricas, especificidades y más días de actividad. El problema no es entrenar fuerte. El problema es sumar cargas sin contemplar la carga total que ya trae el amateur en su vida diaria.
–¿Qué relación hay entre este fenómeno y la deserción a nivel juvenil?
–Está claro que cuando aumenta el agotamiento y baja el disfrute, aparecen la deserción y la falta de ganas. No tengo los números exactos, pero sí es una generalidad que existen dos momentos críticos: uno es cuando pasan del rugby infantil al rugby juvenil y el otro es cuando pasan del rugby juvenil al plantel superior. Cuando vos entrenás siendo amateur, además de que empezás a trabajar, a estudiar, y el rugby amateur te exige que si no venís a entrenar lunes, martes y jueves, el fin de semana no sos elegido para jugar, eso rechaza a muchos jugadores. Cuando nosotros redujimos a que los chicos en lugar de tres veces por semana puedan venir dos, y que si jugás del cuarto equipo para abajo puedas venir una vez por semana y no seas excluido de jugar, y eso nos llevó a números récord en el plantel superior. El último año tuvimos 134 jugadores fichados, con un promedio de entre 100 y 110 chicos por entrenamiento. Mi preocupación no es una cifra puntual, sino la señal de que si el sistema agota, expulsa.
–¿Cuánto incide en este fenómeno la creación de un ámbito profesional como el Super Rugby Americas?
–Incide, porque cambia el imaginario. Muchos chicos sienten que tienen que entrenar como profesionales desde muy temprano. Estoy totalmente a favor del desarrollo del SRA y de las franquicias, cumplen un rol estratégico fundamental en el crecimiento del rugby y en el desarrollo de jugadores de alto nivel. El punto es entender que son dos ecosistemas distintos. El rugby profesional es selectivo y de alto rendimiento, para pocos. El rugby amateur es inclusivo, formativo y para todos. Si en los clubes confundimos esas lógicas, el jugador paga el costo.
–¿Creés que la UAR alienta este camino sin medir consecuencias?
–No, no creo. La UAR impulsa el alto rendimiento y eso es necesario para el desarrollo del rugby argentino. Lo que creo es que hay que cuidar la frontera conceptual. El rugby profesional y el amateur no se gestionan de la misma manera. La UAR no es responsable de las decisiones de cada club sobre cargas, organización de entrenamientos y prioridades deportivas, sino que son responsabilidad de cada institución y de sus políticas deportivas. Si bien hay algunos jugadores, el menor número en los clubes que son parte de un sistema mixto, el jugador elige serlo y deben plantearse estrategias para ellos, pero los amateurs, son amateurs y es para todos los que no están en el sistema y eligen jugar al rugby en su club. Estos deben entrenar como amateurs. La solución no es frenar el desarrollo profesional, sino proteger la identidad y la salud del rugby de clubes.
–Mencionás que hay un exceso de competencia. ¿Creés que está bien diseñado el calendario del rugby argentino?
–Sí. Son aproximadamente 30 a 33 partidos por año que se juegan el interior y en Buenos Aires. Es un buen volumen de competencia. Por supuesto que si a eso le sumás los partidos de pretemporada, seven, etcétera, habría que trabajar individualmente con cada jugador para ver qué cantidad de partidos juega en el año y cómo eso se puede regular. En el Jockey, por prevención, este año utilizamos 45 jugadores en primera y logramos también ampliar la base de jugadores.
–Pero Jockey debe ser el club que más jugadores tiene en Rosario. ¿Cómo hace un club que no tiene tantas variantes?
–Cualquier club de la Argentina, de cualquier unión, participa con cuatro equipos como mínimo en el plantel superior. En URBA la obligación es cinco. El volumen de jugadores está. Tenemos que trabajar y confiar en los jugadores que entrenemos para darles la oportunidad de jugar en primera y no etiquetarlos y decir ‘este jugador no puede jugar en primera’, sino ayudarlos para que estén en condiciones de hacerlo y sean una alternativa.
–Hay una máxima que dice que el deporte es salud. ¿Esto es así también en el deporte profesional, donde el cuerpo es exigido al máximo?
–El deporte profesional debe ser uno de los estamentos humanos en los que más control tienen las personas, porque se miden la velocidad, resistencia, potencia, fuerza. También se controla si estás utilizando algún tipo de suplementación que no sea legal. Por un lado, todo el tiempo se trata de empujar más allá el rendimiento de un atleta, pero también el atleta tiene muchos controles como para mantenerse dentro de un marco que pueda soportar. Afortunadamente, tal vez en los últimos años hubo un cambio de paradigma con respecto a que el atleta para que no sea visto solo como una máquina que reproduce acciones y gestos, y se empezó a involucrar mucho más factores mentales y psicológicos que lo ayudan también a estar en mejores condiciones humanas, con lo cual creo que en este último tiempo el deporte se ha transformado en algo mucho más saludable.
–Al no tener esa posibilidad de medición en el deporte amateur, ¿cómo saber cuál es el límite?
–Primero, es imprescindible realizarse todos los chequeos médicos pertinentes antes de comenzar cualquier actividad deportiva. Luego, si se respetan los tiempos de recuperación biológicos establecidos y se evitan excesos impropios del amateurismo, la práctica se mantendrá dentro de los parámetros de certeza y seguridad.
–¿Qué proponés como solución?
–En el plantel superior de Jockey nos propusimos crear el mejor sistema amateur posible, entendiendo primero la realidad de la persona amateur y no copiando lógicas del alto rendimiento profesional. Lo primero fue poner la recuperación en el centro del sistema, no como un complemento sino como parte del entrenamiento. El descanso no se recomienda, se organiza. Dormir, gestionar el estrés y entender la carga total semanal es tan importante como el entrenamiento. Lo segundo fue reorganizar el tiempo y entrenar rugby sólo dos días por semana, 70 u 80 minutos como máximo, pero con calidad y máxima intensidad. Sumamos además un espacio común de fuerza a las 19:30, con la intención de hacerlo todos, hacerlo juntos y hacerlo bien. Eso permite entrenar sin invadir tiempos de estudio, trabajo o descanso, y mientras los jugadores están en el gimnasio, los entrenadores –que también son amateurs– se reúnen, planifican y ordenan el trabajo semanal. Cuando el fin de semana no hay partido, no entrenamos rugby: solo entrenamientos físicos y pesas, en horarios a elección. Lo tercero fue simplificar el juego. Construimos un plan basado en el ABC del rugby: hacer pocas cosas, hacerlas muy bien y repetirlas muchas veces. En el amateurismo, dominar lo importante es más efectivo que sobrecargar de sistemas, variantes y estímulos. En esa misma lógica, reemplazamos horas presenciales de video por plataformas digitales, para que los jugadores accedan al contenido de forma amigable, cuando pueden y cuando quieren. Y acompañamos con un equipo profesional disponible: nutricionista para consultas y educación, psicólogo en momentos del año que los jugadores o entrenadores consideran necesarios y también para gestión de grupo, y médicos y kinesiólogos que nos permiten definir diagnósticos, procesos de recuperación y altas médicas con criterio.
Por Alejo Miranda
Para La Nación.








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