EL QUE SABE DE HIDALGUÍA
El poeta del litoral agarró su pluma cuando terminó el encuentro final entre cordobeses y rosarinos y nos dejó unas líneas que aquí les dejamos. Escribió Jorge Adrián Franco una vez más.

Si por caso el cese de la lluvia y la apertura intermitente de los cielos hayan sido algo más que un fenómeno estacional que le diera espiritualidad sagrada a la peregrinación de los abanderados. Nada haría suponer una aparición de Azazel para instruirlos en la batalla y sus misterios, no resultaba necesario. Este tropel conoce muy bien la energía de emerger de aguas proverbiales.
El gesto adusto de la concentración nunca tuvo como fin la intimidación, sino por el contrario el de transmitir calma, porque la paridad llevó la cota a alturas previsibles. De ambos. Sólo tres descuidados y tardíos desaciertos dejaron a la visita sin presea. El sonido de la batalla y la prestancia del anfitrión le da una superior cuantía.

Quienes interpretan la hidalguía relacionada a un linaje o nobleza particular no está equivocado, pero no esa es una parte del significado. En el origen del vocablo quiere decir “hijo dalgo” (hijo de algo). Y sí. Este grupo es hijo de un paladar negro acostumbrado a historias de increíbles victorias que no le quitan la sed por más logros.
En un pestañar habrá nuevos desafíos y empresas. Saludos y respeto al digno campeón. Y a los que no, desanden el regreso a casa pensando en las palabras de von Goethe: “Quisieran los perros del potrero por siempre acompañarnos, pero sus estridentes ladridos sólo son señal de que avanzamos”.
Por Jorge Adrián Franco.













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