LA CRÓNICA

23.08.2016

Por supuesto que no pretendo parafrasear a Caparrós. Solo tomar prestado y, con una leve modificación, el título de una de sus últimas publicaciones. Tal vez influido por su lectura es que el comienzo no tiene nada de convencional. Tampoco el título tiene relación alguna con lo que tengo pensado escribir. Pero, una vez más, acá estamos.

 

 

Mi larga vida (no es una propaganda de leche) en el rugby me ha permitido identificar distintas miradas sobre el mismo tema. Se suponen que todos los participantes ven lo mismo (expresado desde el concepto óptico del término). Pero cada grupo, arbitrario y según mi criterio, mira algo distinto. Están los que enfocan la actividad desde lo social y el juego es una excusa para juntarse con los amigos. Han construido su vida de relación en torno a este deporte y ahí se quedan. Otros se interesan por todo lo complementario y accesorio: su especial interés está puesto en dirigir la actividad. Por último, el tercer grupo, entre los que me cuento, no pueden evitar pensar constantemente en el juego y los jugadores. 

 

Entiéndase bien que lo antedicho es meramente descriptivo y no se traduce en un juicio de valor sobre las distintas preferencias a la hora de participar de este deporte.

 

He sido parte de este juego, por convicción y placer, como jugador, entrenador y espectador. Por necesidad circunstancial y como aporte solidario como árbitro ocasional y dirigente. 

 

Confesada mi preferencia por el "verde césped" me he preguntado, hipótesis de tener que formar jugadores en la actualidad, por donde andaría la cosa de ser esa mi función.

 

Creo que hay dos ejes sobre los cuales circula nuestra realidad: formación física y enseñanza/aprendizaje de destrezas.

 

Formación física: no es casual el uso de la palabra formación. Alude a la enseñanza de las actitudes básicas del atletismo y a la conformación de un cuerpo acorde a las demandas del futuro jugador,  inserto en un deporte de contacto intensivo. Paradójicamente esta necesidad se torna ineludible frente al progreso de las técnicas de entrenamiento que han logrado que los deportistas se desplacen más, a mayor velocidad y trasladando cuerpos más potentes. Dos conclusiones a este primer análisis: el espacio es más reducido aunque las medidas de la cancha sean las mismas y es mucho más difícil progresar en el terreno evitando el contacto.

 

Una tercera conclusión merece un párrafo aparte. Es altamente peligroso para la integridad física de un jugador entrar a una cancha sin el debido acondicionamiento físico. Y este no está representado por la capacidad de traslación. Es una unidad integral que abarca todos los atributos necesarios para el contacto repetido.

 

La enseñanza de destrezas, que parece estar de moda, me parece un aspecto fundamental para mejorar la calidad del juego. Que es lo que se quiere lograr? Cuál es el objetivo? Perfeccionar los movimientos permitiendo que sean cada vez más precisos y más veloces. Para qué? Para ganar tiempo de ejecución. Lo que deriva en llegar antes a los puntos de contacto, desorganizar defensas cerradas y definir con escasez de espacio. A falta de espacio gano tiempo. O, lo que es lo mismo, transformo tiempo en espacio.

 

No sé si quedó claro lo que intenté expresar. Me queda la certeza que es un camino largo y difícil pero valioso. Una última sugerencia: no subestimar a los niños. Con una adecuada progresión se pueden enseñar todas las destrezas muy rápidamente.

Un chico que se inicia a los 6 años en este deporte debería llegar a los 13/14 con un bagaje completo de destrezas individuales. 

 

Hace un par de años escuché decir, en un reportaje radial, a un colega que había que profesionalizar la pasión. Me quedó grabado. Porque es lo que necesitamos: aplicar la metodología a la enseñanza. Existen recursos técnicos y tecnológicos que facilitan la enseñanza. Pero debe aplicarse de una manera sistemática y, siempre, progresiva.

 

Me salió medio larga la parrafada. Sucede cuando uno habla de lo que le gusta. Decir que en este medio el interlocutor posible está desfasado en el tiempo y no hace acto de presencia. Sería interminable la charla en ese contexto.

 

Pero hay que ponerle punto final y, forzados, eso hacemos (mi presunto interlocutor y yo).

 

Nos vemos, lamentablemente, del otro lado de la raya blanca.

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