ENTRENANDO JUVENILES

Desde el fondo de la historia, generación tras generación, se ha ido repitiendo con terquedad y, muchas veces, sin acompañar los dichos con los hechos, que los jóvenes son el futuro de la humanidad.

Desde el fondo de la historia, generación tras generación, se ha ido repitiendo con terquedad y, muchas veces, sin acompañar los dichos con los hechos, que los jóvenes son el futuro de la humanidad.

Verdad de perogrullo si las hay, nos convoca para analizar, desde mi experiencia personal, el modo de entrenar a este segmento de nuestro rugby.

Primero: cual es el objetivo primordial de los entrenadores de un club? Formar jugadores de rugby adultos capaces de integrar planteles superiores y, de acuerdo a su nivel, tener posibilidades de tomar la actividad como profesión.

Para esto hay que desprenderse de un prejuicio que pareciera incorporado a quienes alguna vez nos hemos iniciado en la conducción de planteles de estas categorías: creer que mi/nuestro equipo me/nos pertenece y nuestro fin dentro de la organización interna es obtener campeonatos. Por supuesto no tiene nada de malo hacerlo. Pero la prioridad es la formación de los jugadores, teniendo en cuenta sus reales posibilidades en función de sus capacidades atléticas y técnicas, y no en relación a la mejor posición en que me/nos “sirve” para constituir el equipo ideal.

Segundo: vale para todos los planteles pero es prioritario e insoslayable en el contacto con los adolescentes. Hago lo que digo y digo lo que hago. Los chicos confían sin dudarlo en aquel que sostiene su palabra. No conocen los hipócritas matices de los adultos. Por lo tanto si el concepto es juega el que se entrena no es posible disimular la ausencia a los entrenamientos de un jugador destacado por sus condiciones naturales.

Tercero: esta es la etapa decisiva en su relación con este deporte. Es necesario enamorarlos para lo cual es imprescindible intentar transmitirle nuestra pasión. Que, de ningún modo, se manifiesta con gritos desorbitados desde un costado de la cancha, sino mostrando nuestro permanente compromiso con una actividad que nos hace felices. Y que esa felicidad que sentimos la queremos compartir, más allá de la diferencia de edad.

Cuarto: por dos razones, una utilitaria y otra afectiva es necesaria, como nunca, la participación activa, ubicados en su rol específico, de los padres. La utilitaria: por la dificultad que entraña el desplazamiento a distancia y en horarios variados y a veces inconvenientes, los padres son necesarios. Diría que el auge del delito en las calles los hace imprescindibles. Desde lo afectivo: lograr que padres e hijo/hijos compartan una actividad con placer es un logro muy valioso.

Quinto y último (no quiero agotarlos): hay que estudiar y preparar los entrenamientos con antelación. Según mi definición somos donantes o dadores de tiempo. Que escamoteamos de nuestra vida familiar o de nuestro trabajo. Separar información de conocimiento. Yo puedo saber algo, por estudio o de manera empírica, pero no lo conozco si no puedo transmitirlo de una manera que sea reproducible por nuestros jugadores.

No tengo dudas que el modelo de entrenador donante de tiempo sin una estructura profesional que lo sustente constituye un modelo agotado.

Es lo que pienso. Es lo que escribo.

Hasta la semana próxima cuando el rugby y el teclado nos vuelvan a convocar.

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